jueves, 13 de diciembre de 2012
SINTETICUENTO - Cuento breve
El Lobizón
"El Juancho" trabajaba en el turno de la noche esa semana, cuando llegó jadeando con unos rasguños en la cara, brazos, piernas y la ropa con algunos jirones.
Durante unos meses ya nadie en el pueblo salía por las noches ni pasaba cerca del cañaveral, en donde según "El Juancho", se había escondido el lobizón que lo había atacado.
Lo cierto es que desde ese día, él le juró fidelidad a su mujer por miedo a recibir otra golpiza.
"El Juancho" trabajaba en el turno de la noche esa semana, cuando llegó jadeando con unos rasguños en la cara, brazos, piernas y la ropa con algunos jirones.
Durante unos meses ya nadie en el pueblo salía por las noches ni pasaba cerca del cañaveral, en donde según "El Juancho", se había escondido el lobizón que lo había atacado.
Lo cierto es que desde ese día, él le juró fidelidad a su mujer por miedo a recibir otra golpiza.
Medio India
IX
La
nombraba el viento
entre el ciruelo florido
un quejido de ramas lamentaron
la ausencia de la esquiva.
Más leña en el fogón
no dio la tibieza que anhelaba
el pecho desabrochado.
Los brazos de sauce
abrazaron promesas en la nada
la tarde ceniza
divagó la mirada en las cuchillas
no tan verdes ahora.
martes, 23 de octubre de 2012
Fidelidad de malvón
En
el jardín de mi casa planté un malvón regalado por mi madre. Se lo había pedido
porque esta planta tiene la fragancia y los colores de los patios familiares. Revive
imágenes de pantalones cortos, bolitas y triciclos en el patio de tierra; la
magia de borrar paredones en colores verde y rojo.
No
supe cuidarlo bien, muchas veces le dañé el tronco al cortar el césped. Sin
embargo la fortaleza que lo caracteriza resistió a tanta desconsideración. Creo
que fue por fidelidad, a la familia, a la casa. No recuerdo los años de su
vida, pero su gran volumen y un metro y medio de altura testimoniaban
longevidad. Ese cúmulo de años ofreciendo
alegría lo fue desgastando, quitándole fuerzas. Últimamente el rojo
apenas matizaba el verde escaso que lo cubría y las ramas quebradizas cedían por
su propio peso.
Cada
vez que lo observaba recordaba la intención de tomar algunas ramitas y
plantarlas en distintos lugares del jardín, pero quedaba en intensión, siempre tenía otras ocupaciones.
Veía como el malvón iba muriéndose sin atinar a hacerlo.
Cierta
tarde, al inicio de la primavera tuve el impulso de tomar una herramienta y
dirigirme hacia él. Me arrodillé junto al malvón con la sensación de estar
cumpliendo con una promesa demorada. Desgajé cuatro ramitas y las planté en
distintos lugares.
Las
cuidé en su volver a nacer hasta que las hojas, indicaron que estaban fuertes y
contentas de crecer. Estaba feliz porque los hijos que había dado el noble
malvón continuarían fieles al legado.
La
primavera era pródiga, todo reverdecía y florecía; lo extraño fue que la vieja
planta no tuvo ni una hoja ni una flor. Su esqueleto desnudo me dio pena; lo
toqué con ternura.
Aún
no encuentro respuestas. Rescato los sentimientos de las cosas vivas, en esa
fidelidad de esperar y morir de pié.
domingo, 9 de septiembre de 2012
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