La escapada
¡Qué hermoso que está el río! Buena pesca, unos ricos mates y con la Rosita. ¡Ha, la Rosita! Quién lo diría que se iba a animar a meterle los cuernos al milico. Seis meses me costó perseguirla hasta que la convencí, para que se escapara a pescar conmigo. Si la vieran los giles de la barra así, tomando sol en la proa, ahora no dirían que está gorda.
¡Aps!, parece que picó uno grande. ¡Cómo tira el desgraciado! ¡Uy, la puta me resbalé y encima me caigo al agua enredado! Espero que no sea muy profundo así toco fondo y me impulso para poder salir. ¡Ahí está! ¡Con fuerza, rápido que se me acaba el aire! ¡Ay! ¡La puta madre, me rompí la cabeza contra el fondo de la lancha! Voy a alejarme para no chocármelo otra vez. Espero que la correntada no me lleve muy lejos porque está muy fuerte. ¡Uf, por fin salí! ¿Pero, qué pasa? ¿Porqué llora la Rosita? ¿Qué hace esa gente en la lancha? ¿Y yo, qué hago ahí, si estoy acá? ¡Nooo…! ¡Qué boludo, cómo me vine a morir así! ¡Justo ahora que tenía un montón de cosas para hacer! ¡Pero lo peor, va a ser el kilombo que se le va armar a la Rosita cuando el marido se entere!
miércoles, 9 de septiembre de 2009
Poesía
Beso añorado
Dibuja corazones
el sahumerio en el aire
y el beso que añora.
Sobre la ciudad la niebla
pierde el rumbo a los suicidas.
Las ventanas miran retratos en sepia.
Para las agujas en la esquina
un Carlitos que reparte soles.
Gotean las flores el frío de la mañana
el calor del ojal
ilumina su nombre.
Dibuja corazones
el sahumerio en el aire
y el beso que añora.
Sobre la ciudad la niebla
pierde el rumbo a los suicidas.
Las ventanas miran retratos en sepia.
Para las agujas en la esquina
un Carlitos que reparte soles.
Gotean las flores el frío de la mañana
el calor del ojal
ilumina su nombre.
lunes, 3 de agosto de 2009
Búsqueda - Cuento breve
Búsqueda
Caminó una cuadra, dos, tres; se paró en cada esquina y miró hacia todos lados.
Volvió a su casa afligido pero al abrir la puerta, se dio cuenta de que había buscado sin sentido.
El mismo, todavía no había salido de su casa.
Caminó una cuadra, dos, tres; se paró en cada esquina y miró hacia todos lados.
Volvió a su casa afligido pero al abrir la puerta, se dio cuenta de que había buscado sin sentido.
El mismo, todavía no había salido de su casa.
Desde la oscuridad llegó la revelación
Desde la oscuridad llegó la revelación.
Quise adquirir lo mismo que había visto en un documental, la sabiduría de los chamanes.
Averigüé dónde podía encontrar a alguien así y allá me dirigí. Tuve que viajar hasta un pequeño poblado donde vivía uno de buena fama y le expliqué cuál era mi intensión, que me enseñara cómo se lograba ese prodigio.
En un principio se negó pero debido a mi insistencia y el ofrecimiento de unos pesos, aceptó.
Nos encaminamos hacia un monte que estaba alejado de la población. Mientras lo hacíamos, le escuché que murmuraba una especie de mantra y en ocasiones, se detenía para hacer un gesto a un lado y otro con una especie de báculo que me pareció eran bendiciones.
Nos internamos en el monte y caminamos en silencio hasta llegar a un claro. Era un lugar donde comprendí que realizaba sus ceremonias porque había un círculo de piedras y en el centro vestigios de fogatas.
Antes de entrar en él, se volvió hacia mi, sacó de un bolso un collar de cuentas y me lo colgó, lo mismo hizo con otro en su cuello. Luego se calzó una vincha con adornos de hueso y espejitos. Me pidió que inclinara la cabeza y para purificarme, según dijo, me echó un poco de aguardiente en la nuca.
Entramos en el círculo. Encendió una fogata y me dio para que bebiera un chifle de guampa. Lo sorbí con cautela; tenía un gusto entre ácido y amargo. Me hizo toser en los primeros tragos.
Sentados frente al fuego, comenzó a entonar cánticos en un lenguaje que no entendí mientras hacía ritmo con un sonajero de calabaza decorado con cuentas de colores. Me pidió que cantara con él.
De vez en cuando, tomaba un trago mientras perdía la vista en el fuego, me hamacaba y cantaba.
Al rato, comencé a entrar en un sopor; luego, vi que el fuego comenzó a tomar formas extrañas y colores que jamás había imaginado. Escuchaba sonidos extraños y voces ininteligibles hasta que todo se hizo oscuro, vacío, un espacio donde era la nada, insustancial. De pronto, desde la oscuridad en una explosión de luz de colores cambiantes, me llegó la revelación, clara y simple.
Ahora que sé cuál es, puedo decirles en qué consiste; consiste en hacer el viaje personal de su búsqueda permanentemente, un viaje íntimo, intransferible, sin final, desde la simpleza de la vida.
Quise adquirir lo mismo que había visto en un documental, la sabiduría de los chamanes.
Averigüé dónde podía encontrar a alguien así y allá me dirigí. Tuve que viajar hasta un pequeño poblado donde vivía uno de buena fama y le expliqué cuál era mi intensión, que me enseñara cómo se lograba ese prodigio.
En un principio se negó pero debido a mi insistencia y el ofrecimiento de unos pesos, aceptó.
Nos encaminamos hacia un monte que estaba alejado de la población. Mientras lo hacíamos, le escuché que murmuraba una especie de mantra y en ocasiones, se detenía para hacer un gesto a un lado y otro con una especie de báculo que me pareció eran bendiciones.
Nos internamos en el monte y caminamos en silencio hasta llegar a un claro. Era un lugar donde comprendí que realizaba sus ceremonias porque había un círculo de piedras y en el centro vestigios de fogatas.
Antes de entrar en él, se volvió hacia mi, sacó de un bolso un collar de cuentas y me lo colgó, lo mismo hizo con otro en su cuello. Luego se calzó una vincha con adornos de hueso y espejitos. Me pidió que inclinara la cabeza y para purificarme, según dijo, me echó un poco de aguardiente en la nuca.
Entramos en el círculo. Encendió una fogata y me dio para que bebiera un chifle de guampa. Lo sorbí con cautela; tenía un gusto entre ácido y amargo. Me hizo toser en los primeros tragos.
Sentados frente al fuego, comenzó a entonar cánticos en un lenguaje que no entendí mientras hacía ritmo con un sonajero de calabaza decorado con cuentas de colores. Me pidió que cantara con él.
De vez en cuando, tomaba un trago mientras perdía la vista en el fuego, me hamacaba y cantaba.
Al rato, comencé a entrar en un sopor; luego, vi que el fuego comenzó a tomar formas extrañas y colores que jamás había imaginado. Escuchaba sonidos extraños y voces ininteligibles hasta que todo se hizo oscuro, vacío, un espacio donde era la nada, insustancial. De pronto, desde la oscuridad en una explosión de luz de colores cambiantes, me llegó la revelación, clara y simple.
Ahora que sé cuál es, puedo decirles en qué consiste; consiste en hacer el viaje personal de su búsqueda permanentemente, un viaje íntimo, intransferible, sin final, desde la simpleza de la vida.
Plegaria verde
Plegaria verde
Repitieron las paredes el llamado
contestó la ausencia
con voz de incógnitas.
En el banco de una iglesia
pintó una plegaria verde
bendijo con agua de mar
al corazón que tañó al ausente.
Encendió una vela
al pie de la milagrosa
buscó despejar la bruma
poner un faro al navegante
hacia el puerto de ansiedades.
Repitieron las paredes el llamado
contestó la ausencia
con voz de incógnitas.
En el banco de una iglesia
pintó una plegaria verde
bendijo con agua de mar
al corazón que tañó al ausente.
Encendió una vela
al pie de la milagrosa
buscó despejar la bruma
poner un faro al navegante
hacia el puerto de ansiedades.
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