viernes, 10 de abril de 2009

SINTETICUENTO - Cuento breve

EN LA PLAZA

En un banco de la plaza, él la besó con ternura y una lágrima le bajó queda por la mejilla.
Ella suspiró hondo y alzó los ojos que en una nube quedaron.
Junto con los cánticos que más allá se elevaban al cielo pidiendo justicia, rogaba que su alma no se le fuera por la herida.

SOY UN SOFA

Soy un sofá

Me parece mentira haber llegado al estado que tengo en este momento pero, muchas cosas me reconfortan.
Recuerdo que un carpintero cantaba y silbaba mientras hacía mi esqueleto. Me mimaba en cada pasada del cepillo, la lija era una caricia que luego devolvía con la suavidad de mi textura.
Y al tapicero. Me emociono cuando pienso que se acostaba pensando con que trama, color o dibujo me vestiría. Sentí que era un diplomático con su sastre privado confeccionándole el mejor traje.
También recuerdo con que alegría me trajeron a la casa y buscaron el lugar más apropiado de la sala luego de varios cambios de opinión.
¡Y cómo no voy a recordar, cuando aún estaban sin los niños y en mi regazo hacían esas locuras que me cambiaban el color hasta ponerme rojo!
Pero como lo bueno dura poco, comenzaron las penurias.
Al principio soporté las manchas, pisotones y cortes hechos por la ternura de Tomasito y luego sin tregua, todo lo de dos hermanitos más.
Mi estructura que ya no tenía la fortaleza del principio, empezó a flaquear y la imagen, quedó hecha una porquería.
Pero lo peor, lo que no soporté, fue cuando trajeron a Sultán.
Cuando era cachorro, me mordisqueó todas las patas y luego al crecer como un caballo además de llenarme de pelos y babearme todo, hasta me meó cuando se quedaba solo en la casa.
Ahora estoy tranquilo aquí en el desván aunque, esperando que esta enfermedad que carcome mi armazón, me de la paz eterna.
Y me resigno, ya cumplí con mi tarea y brindo por eso.
A pesar de todo, los quiero. Sé que siempre estaré con ellos aunque no se den cuenta, en los retratos de la familia.

viernes, 6 de marzo de 2009

POESIA

Pasadizo

Tiene un solo ojo la noche
sin tapa la copa de urgencias
una rendija en el alma
la sensibilidad de brisa.

Pasea a la luna por el jardín
vestida de negro raso
le abren las sombras
un pasadizo secreto.

Es de piel y poemas
ansias y colmos
de bocas y ternuras.

SINTETICUENTO - Cuento breve

LA AMANTE
Ella amaba a su esposo y nada le decía sobre que no toleraba que él tuviera una amante.
Pero quiso que se quedara con la amante sin que de su lado se fuera.
Así se lo dijo un día, cuando se la sirvió con papas y arvejas.

NARRATIVA

Ese lugar de arena encaprichada

Cerca de la ciudad de Mateo existe un lugar que no es propio del entorno. Son unos médanos cuyo color no es igual al de la arena de la playa que está a 500 metros.
Esta playa es de color amarillo suave en tanto, la de ellos es de color rojizo. Estos médanos están en una altura de la geografía y entre éstos y el río, el terreno es bajo e inundable donde se siembra arroz. Luego está el albardón de vegetación abundante con árboles inclusive.
Este arenal, puede vérselo a simple vista desde la ciudad situada a pocos kilómetros hacia el sur. Son unos cúmulos agrupados con la característica de que forman unas ollas profundas con sedimentos de piedras silíceas y cerámica aborigen. La vegetación es escasa y raquítica; sólo hay un pequeño grupo de arbolitos en su lado norte donde toman sombra algunos vacunos. En la parte baja hacia el este, lo bordea un sangradera que desemboca en el río y en el lado oeste, hay campo con monte de eucaliptos.
El día que Mateo lo vio desde el séptimo piso de un edificio, se apoderó de él la inquietud de llegar hasta ellos e hizo todo lo posible para que así sea. Era una atracción muy grande puesto que quería saber, palpar como eran, qué había allí.
Llegó hasta el arenal emocionado y con mucha curiosidad.
Comenzó a caminar por su cima y al observar el entorno, lo cautivó el esplendor del paisaje que se extendía hacia el río y la ciudad.
Luego bajó al interior de una de las ollas y en el fondo, encontró pedacitos de vasijas y de puntas de flechas de sílice. Después de haber recogido algunas piezas, decidió salir para recorrer otra y al comenzar a trepar por la pared, las piernas se enterraron en la arena de manera tal que cuanto más quería subir, más se enterraba.
El pánico comenzó a subir de tono hasta la transpiración.
Sólo veía el cielo hacia arriba en el silencio de la tarde y escuchaba el siseo del viento. Estaba solo allí encerrado y sin alguien que pudiera escuchar sus pedidos de auxilio.
Las sombras comenzaron a estirarse y la arena se encaprichaba en hundirlo cada vez más.
Cuando la desolación y la angustia ya le estrangularon la garganta y solo podía silbar, se asomó el tropero que vino a buscar los vacunos y con un lazo lo sacó a la rastra como una marioneta patética de miedo.

miércoles, 11 de febrero de 2009