jueves, 3 de marzo de 2011

Las cartas del dolor

Carta Nº 8
Amigo:
tengo la suerte de contar con vos, no sabés lo importante que fue tener tu apoyo
y tus cartas durante mi permanencia en ese infierno. Por ello sós una de las personas con
las que puedo abrir mi interior sin pudor y puedo contarte lo que siento, lo que me pasa.
¡No sabés lo que fue el camino de retorno¡
Traté de recuperar lo que soy, ( aceptando el temor de haber hecho quizás un viaje sin
regreso), en un reencuentro con lo elemental, con las cosas simples. Tenía la sensación
de ser un extraño en mi propia casa, recordaba con asombro todo aquello que había
vivido sólo unos meses atrás, sintiendo que había sido una eternidad. La gente no podía
imaginar que venía del horror, me miraban extrañados y hablaban por lo bajo cuando
comentaba con mis compañeros: “¡mirá las vacas!, ¡mirá los árboles!”.
Renacía también como hijo, recuperaba el alma y la carne robada por mandato de una
locura sin nombre. Fue volver al regazo, a la casa, al barrio, y no fue fácil, no se puede
después de una experiencia tan extrema, continuar donde se ha dejado.
Flotó una energía llena de silencios, de miedos, de interrogantes en las miradas de los
que regresamos y de los que estaban. Pero por sobre todas las cosas, prevaleció la
necesidad de estar al calor del hogar, de abrazar a los seres queridos y descargar en un
llanto reconfortante, la alegría y la angustia de sentirnos plenamente humanos.
En la calle, tuve sentimientos contrapuestos, lo público por un lado y lo íntimo por el
otro. Experimentaba alegría cuando los vecinos se agolpaban para recibirme y
felicitarme, pero a la vez, estaba incómodo porque tenía la urgencia de disfrutar la
intimidad de la familia.
Lo mismo ocurrió en el reencuentro con los amigos, fue el abrazo de siempre pero la
sustancia de grupo, lo que se comparte, ya no era igual Yo había crecido de golpe y a
ellos, la vida les pasaba por otra dimensión. Me sentía desplazado y eso se puso de
manifiesto ante la suma de entrevistas, los currículums presentados y las promesas de
trabajo nunca concretadas que me agotaron las ganas.
Me entrevistaban para que les cuente como fue, qué pasó en la guerra, nada más;
querían tener información de primera mano. Además, me daba cuenta de que se
preguntaban si podía tener la locura de posguerra, buscaban el comportamiento
irracional que habían visto algunas veces en la televisión o en películas. Es cierto que
hubo algunos casos de locura en nuestras filas y también suicidios que pudieron
evitarse.
No fuimos atendidos psicológicamente, nada más que por desidia, ignorancia o el
egoísmo del Estado que no se hizo cargo y no le importó nuestra situación de pos
guerra, la salud mental de quienes fuimos obligados a luchar. Para los máximos
responsables fuimos estadísticas.
Fui el número cero; nunca pensé que ese número tuviera tanto valor.

domingo, 6 de febrero de 2011

Arte: 1er. PREMIO Escultura

1er. PREMIO Escultura "Triunfo" - "Salón Regional de Verano 2011" - Movimiento de Artistas Independientes de Gualeguaychú.

Video poesía: Mi ciudad

Poesía


En la posada

Tendida al sol
mastica hierba amarga
mira la nada
en una nube la cabeza.

Hace relax el corazón
cansado de un sino
calienta el pecho
incertidumbre y nostalgia.

Dentro de una burbuja
suspende el regreso
sobre una espina.

Ciruelo en flor - Haiku

Desde la entrada
avenida de pinos,
hacia recuerdos.

SINTETICUENTO - Cuento breve

El espejo

Cada vez que pasaba frente al espejo del hall, se veía reflejado en dos imágenes en lugar de una sola.
Un día, se paró a la mitad del mismo y una de las dos imágenes siguió su camino.
La miró como se alejaba. Luego, sintió un dolor agudo en el costado que lo dejó en el piso cuando vio que al cruzar la calle, un auto la atropelló.

Las Cartas del Dolor


Carta Nº7

Rubén, amigo mío:
                             como te adelanté en la carta anterior, continúo con la historia de la llegada a Buenos Aires donde para mi sorpresa, me esperaba el corolario de la bajeza del Ejército y del Estado.
Me cargaron como a ganado, como a elemento impúdico junto a mis compañeros en colectivos con los vidrios cerrados y tapados y en camiones cubiertos con lonas, para que no pudiéramos ver nada y nadie nos viera. Me dejaron en la Terminal de ómnibus a las cuatro de la mañana, cuando ya estaba cerrada, no había nadie. Me tiraron ahí como quien tira algo descartable, sin boleto o pase para el colectivo que me permitiera regresar a mi casa. Algunos pocos habían podido conservar algo de dinero que le enviaron sus familiares dentro de las cartas, y pudieron comprar el pasaje; otros, los consiguieron pidiendo un poco a cada amigo. Pero la gran mayoría, los que vivían en las provincias del norte, Chaco, Corrientes, Misiones y Entre Ríos, tuvieron que viajar como polizontes colgados de los trenes. Estábamos abandonados a nuestra suerte, enfrentados a la ignorancia de la sociedad representada en los guardas que no entendían, no sabían que regresábamos de esa guerra que en un principio avivaron con fervor y luego olvidaron con la misma pasión. Para ellos, su trabajo no tenía nada que ver con esa guerra y les impedían viajar gratis invocando que el Estado,  que era en realidad quien debía hacerse cargo  y arbitrar los medios del regreso. Solo a unos pocos les permitieron subir, pero en cada estación, surgían los problemas, se repetía el juego del policía y el ladrón cuando pasaba el guarda pidiendo los boletos. Bajaban de un vagón y subían a otro cuando ya había pasado.
A pesar de estos acontecimientos, lejos estaba de imaginar lo que vendría, eso fue sólo el comienzo de los problemas.
Hasta la próxima.