Noche de lluvia
La luz de las esquinas
languidece todo
vigilia en los ojos
de las casas apiladas
censura al destino la nostalgia.
Vocales, sudores
agitaciones, ensambles
fotografías en el placard
las noches de lluvia.
Lloran las candelas
ausencias de pieles y pétalos
hay un suspiro de avena
suicido de recuerdos
con timbales en el techo.
viernes, 14 de noviembre de 2008
Narrativa
Un acto accidentado
El miércoles 2 de abril, amaneció con sol amable y un cielo límpido. En la plaza central donde se estaba desarrolando el acto en conmemoración a los caídos en Mlavinas. el director de la banda del ejército con asiento en la ciudad, esperaba la orden de las autoridades presentes para comenzarcon las marchas pertinentes mientras, se paseaba frente a los músicos golpeando la batuta en la plama de la mano. El público conversaba animadamente y observaba las evoluciones de las escuadras de soldados y la artillería. Algunos chiquilines, correteaban por entre la gente cruzando la soga que marcaba el límite entre los presentes y el desfile.
Todo se desarrollaba con normalidad. La persona designada como conductor del acto, con aire solemne se acercó al micrófono y lo golpeó con un dedo para comprobar el sonido y eso fue un anuncio de que el mismo comenzaba. Se acallaron las voces y se escuchó el toque de atención de un clarín. Las miradas del público estaban dirigidas al palco central observando a la autoridades y al locutor que se acercó al micrófono para hablar, en ese momento ocurrió lo inesperado, cuando lo tomó para acomodarlo mejor comenzó a contorsionarse con movimientos apilépticos ante el asombro de todos y luego, se desplomó en el piso evidentemente shoqueado. El intendente que estaba detrás de él, corrió para levantarlo y cuando ya lo había hecho ayudado por otros, sin querer, también tocó el micrófono y fue despedido para caer encima de la señora presidenta de la Comisión de Honores rodando los dos sobre unas sillas hasta quedar patas arriba.
Se produjo un amontonamiento para rescatarlos, corridas debajo del palco y a los gritos de asombro de los presentes se sumaron algunas risas puesto que la escena, era propia de un sainete. En estas circunstancias, el director de la banda por propia iniciativa y creyendo distraer al público de tan lamentable hecho, arrancó con los compases de una marcha alegre pero ésto, no hizo más que darle el marco propio de un espectáculo circense difícil de olvidar. Luego de idas y venidas, cambiando el elemento electrificado y los involucrados repuestos del percance, comenzó el acto de tan memorable día, desarrollándose con total normalidad hasta su culminación.
Mientras se arreglaba la situación y ponía todo en orden, el intendente increpó duramente al encargado de la amplificación diciendo que sería sancionado pues consideraba que lo ocurrido fue un acto de desidia criminal.
El miércoles 2 de abril, amaneció con sol amable y un cielo límpido. En la plaza central donde se estaba desarrolando el acto en conmemoración a los caídos en Mlavinas. el director de la banda del ejército con asiento en la ciudad, esperaba la orden de las autoridades presentes para comenzarcon las marchas pertinentes mientras, se paseaba frente a los músicos golpeando la batuta en la plama de la mano. El público conversaba animadamente y observaba las evoluciones de las escuadras de soldados y la artillería. Algunos chiquilines, correteaban por entre la gente cruzando la soga que marcaba el límite entre los presentes y el desfile.
Todo se desarrollaba con normalidad. La persona designada como conductor del acto, con aire solemne se acercó al micrófono y lo golpeó con un dedo para comprobar el sonido y eso fue un anuncio de que el mismo comenzaba. Se acallaron las voces y se escuchó el toque de atención de un clarín. Las miradas del público estaban dirigidas al palco central observando a la autoridades y al locutor que se acercó al micrófono para hablar, en ese momento ocurrió lo inesperado, cuando lo tomó para acomodarlo mejor comenzó a contorsionarse con movimientos apilépticos ante el asombro de todos y luego, se desplomó en el piso evidentemente shoqueado. El intendente que estaba detrás de él, corrió para levantarlo y cuando ya lo había hecho ayudado por otros, sin querer, también tocó el micrófono y fue despedido para caer encima de la señora presidenta de la Comisión de Honores rodando los dos sobre unas sillas hasta quedar patas arriba.
Se produjo un amontonamiento para rescatarlos, corridas debajo del palco y a los gritos de asombro de los presentes se sumaron algunas risas puesto que la escena, era propia de un sainete. En estas circunstancias, el director de la banda por propia iniciativa y creyendo distraer al público de tan lamentable hecho, arrancó con los compases de una marcha alegre pero ésto, no hizo más que darle el marco propio de un espectáculo circense difícil de olvidar. Luego de idas y venidas, cambiando el elemento electrificado y los involucrados repuestos del percance, comenzó el acto de tan memorable día, desarrollándose con total normalidad hasta su culminación.
Mientras se arreglaba la situación y ponía todo en orden, el intendente increpó duramente al encargado de la amplificación diciendo que sería sancionado pues consideraba que lo ocurrido fue un acto de desidia criminal.
SINTETICUENTO - Cuento breve
Meditación
Lo dejaron solo al anciano sobre una piedra para que meditara.
Comulgó con el Universo y vibró como una flor, un árbol, una piedra y el agua de la fuente.
Cuando regresaron a buscarlo, no lo encontraron porque no vieron la flor, el árbol, la piedra y el agua de la fuente.
Lo dejaron solo al anciano sobre una piedra para que meditara.
Comulgó con el Universo y vibró como una flor, un árbol, una piedra y el agua de la fuente.
Cuando regresaron a buscarlo, no lo encontraron porque no vieron la flor, el árbol, la piedra y el agua de la fuente.
sábado, 4 de octubre de 2008
viernes, 3 de octubre de 2008
Ansias
Dos inciensos
aroman la nostalgia
ordena poesías del libro
que escribieron.
Se melancoliza el día
menguan las defensas
un nombre ahoga todo.
Medita cabeza abajo
su debilidad de espliego
cuelga de la luna
un suspiro.
La columna en arco
carga vuelo de urgencias
hacia el beso de mar
hacia la herida.
Busca el suicidio
en ansias de aleteos.
aroman la nostalgia
ordena poesías del libro
que escribieron.
Se melancoliza el día
menguan las defensas
un nombre ahoga todo.
Medita cabeza abajo
su debilidad de espliego
cuelga de la luna
un suspiro.
La columna en arco
carga vuelo de urgencias
hacia el beso de mar
hacia la herida.
Busca el suicidio
en ansias de aleteos.
SINTETICUENTO - Cuento breve
El mensaje
Cierto día en el bar, a José le dieron la noticia que dos de sus amigos murieron en un accidente.
Todos se sorprendieron cuando éste salió a los saltos y gritando: "¡yo les dije que no fueran y no me creyeron, no me creyeron!
Se fue otra vez al río y allí, se quedó expectante en el hilo de pescar que se perdía en la profundidad esperando que a través del mismo, le llegara otro mensaje.
Cierto día en el bar, a José le dieron la noticia que dos de sus amigos murieron en un accidente.
Todos se sorprendieron cuando éste salió a los saltos y gritando: "¡yo les dije que no fueran y no me creyeron, no me creyeron!
Se fue otra vez al río y allí, se quedó expectante en el hilo de pescar que se perdía en la profundidad esperando que a través del mismo, le llegara otro mensaje.
La mensajera
Jorgelina era mensajera. Recorría las calles de un lado para el otro en su pequeña moto llevando paquetes y pagando servicios a los demás. Hacía su trabajo con responsabilidad y nunca flaqueaba a pesar de los días de lluvia o de frío. Para no mojarse, trabajó horas extras hasta que pudo comprarse un equipo impermeable y lo mismo hizo para el frío con la campera azul y roja.
Su juventud le daba el empuje necesario para progresar en lo que ambicionaba; esto era, comprar una moto nueva porque la suya se caía de a pedazos. Para ello, necesitaba más clientes aunque le quitara tiempo a los encuentros con Pocho, su novio algunos años mayor que ella.
De él, siempre recordaba que le decía: - sólo tu discreción y eficiencia te traerá más clientes - y lo cumplía. Nunca preguntaba que llevaba dentro de los paquetes y hacía la entrega inmediatamente.
Aquello que le dijo Pocho se cumplió, tuvo más clientes y muchos de ellos le dieron buenas propinas. Como la señora de un quiosco, que todas las semanas le daba un paquetito para que lo llevara hasta un barrio de la periferia y se lo entregara a unos adolescentes.
Así un día, le dio otro que era el doble de tamaño que el acostumbrado y por supuesto, la propina fue mayor que de costumbre.
Por esas sinrazones que asaltan cuando uno menos lo espera, en mitad del trayecto se detuvo y observando el paquete comenzó a sacar conclusiones.
Sospechando del contenido y del porqué se lo había entregado a media cuadra del quiosco, lo desenvolvió un poco haciendo caso omiso a las recomendaciones de Pocho y comprobó lo que imaginaba, era droga.
Se asustó. Pensó en el riesgo de cárcel que corría si la encontraban con esa mercadería, también sacó cuentas del dinero que podía obtenerse con su venta, que cómo era posible que ella hacía un gran sacrificio trabajando para poder cambiar su motito y estos delincuentes vendiendo veneno tenían una mejor. Ella se arriesgaba a lo peor y era justo que obtuviera una recompensa.
En consecuencia y sublevada por estos cuestionamientos, urdió un plan con el que obtendría una buena ganancia.
A una cuadra del encuentro para la entrega, en un hueco del paredón de los fondos de la capilla del barrio, escondió el paquete. Luego, le dijo a los malvivientes que se lo daría si hacían un buen trato.
Jorgelina no entendió que con ellos no existen esa clase de tratos. Le exigieron la entrega al principio con palabras y luego, a fuerza de golpes pero ella no cedió. Los muchachos se descontrolaron y la atacaron con furia hasta que un golpe en la nuca la desplomó.
Cuando reaccionó, quiso erguirse pero fue inútil. Estaba atada sobre una mesa y un retumbar de tambores y cánticos que emitía un grupo de gente que danzaban a su alrededor la estremecieron.
Gritó, hizo contorciones para zafar de las ataduras pero nadie le prestó atención, todos estaban en éxtasis. Más de dos horas duró aquel infierno y quedó extenuada por el esfuerzo. De pronto, el ritmo y los cánticos cambiaron de tono y los presentes formaron un acordonamiento desde una puerta que daba al fondo del lugar.
Desde allí, surgió un personaje con túnica roja y una máscara diabólica al que le hacían reverencia. Se acercó hasta la aterrada mandadera, haciendo pases de baile al compás de los tambores que aumentaron el ritmo. Todos continuaron girando sobre sí mismos, siguiendo la ronda por el recinto, mientras el enmascarado se le acercó descubriendo su cara. La sorpresa fue muy grande cuando pudo verle el rostro, era Pocho.
Quedó paralizada de estupor al principio y luego, se aflojó con la esperanza de que aquello termine. La tomó de la nuca y se acercó para besarla; ella no hizo resistencia y ofreció sus labios. Fue un beso profundo, la inundó el calor de su boca sensual y a la vez sintió un frío de acero, en el corazón cuando le dió la certera puñalada.
Su juventud le daba el empuje necesario para progresar en lo que ambicionaba; esto era, comprar una moto nueva porque la suya se caía de a pedazos. Para ello, necesitaba más clientes aunque le quitara tiempo a los encuentros con Pocho, su novio algunos años mayor que ella.
De él, siempre recordaba que le decía: - sólo tu discreción y eficiencia te traerá más clientes - y lo cumplía. Nunca preguntaba que llevaba dentro de los paquetes y hacía la entrega inmediatamente.
Aquello que le dijo Pocho se cumplió, tuvo más clientes y muchos de ellos le dieron buenas propinas. Como la señora de un quiosco, que todas las semanas le daba un paquetito para que lo llevara hasta un barrio de la periferia y se lo entregara a unos adolescentes.
Así un día, le dio otro que era el doble de tamaño que el acostumbrado y por supuesto, la propina fue mayor que de costumbre.
Por esas sinrazones que asaltan cuando uno menos lo espera, en mitad del trayecto se detuvo y observando el paquete comenzó a sacar conclusiones.
Sospechando del contenido y del porqué se lo había entregado a media cuadra del quiosco, lo desenvolvió un poco haciendo caso omiso a las recomendaciones de Pocho y comprobó lo que imaginaba, era droga.
Se asustó. Pensó en el riesgo de cárcel que corría si la encontraban con esa mercadería, también sacó cuentas del dinero que podía obtenerse con su venta, que cómo era posible que ella hacía un gran sacrificio trabajando para poder cambiar su motito y estos delincuentes vendiendo veneno tenían una mejor. Ella se arriesgaba a lo peor y era justo que obtuviera una recompensa.
En consecuencia y sublevada por estos cuestionamientos, urdió un plan con el que obtendría una buena ganancia.
A una cuadra del encuentro para la entrega, en un hueco del paredón de los fondos de la capilla del barrio, escondió el paquete. Luego, le dijo a los malvivientes que se lo daría si hacían un buen trato.
Jorgelina no entendió que con ellos no existen esa clase de tratos. Le exigieron la entrega al principio con palabras y luego, a fuerza de golpes pero ella no cedió. Los muchachos se descontrolaron y la atacaron con furia hasta que un golpe en la nuca la desplomó.
Cuando reaccionó, quiso erguirse pero fue inútil. Estaba atada sobre una mesa y un retumbar de tambores y cánticos que emitía un grupo de gente que danzaban a su alrededor la estremecieron.
Gritó, hizo contorciones para zafar de las ataduras pero nadie le prestó atención, todos estaban en éxtasis. Más de dos horas duró aquel infierno y quedó extenuada por el esfuerzo. De pronto, el ritmo y los cánticos cambiaron de tono y los presentes formaron un acordonamiento desde una puerta que daba al fondo del lugar.
Desde allí, surgió un personaje con túnica roja y una máscara diabólica al que le hacían reverencia. Se acercó hasta la aterrada mandadera, haciendo pases de baile al compás de los tambores que aumentaron el ritmo. Todos continuaron girando sobre sí mismos, siguiendo la ronda por el recinto, mientras el enmascarado se le acercó descubriendo su cara. La sorpresa fue muy grande cuando pudo verle el rostro, era Pocho.
Quedó paralizada de estupor al principio y luego, se aflojó con la esperanza de que aquello termine. La tomó de la nuca y se acercó para besarla; ella no hizo resistencia y ofreció sus labios. Fue un beso profundo, la inundó el calor de su boca sensual y a la vez sintió un frío de acero, en el corazón cuando le dió la certera puñalada.
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