jueves, 21 de octubre de 2010

viernes, 15 de octubre de 2010

jueves, 7 de octubre de 2010

Ciruelo en flor - Haiku

Ciruelo en flor

Aves y trinos
entre los eucaliptos,
hondo suspiro.

SINTETICUENTO - Cuento breve

El billete

Camino distraído por la calle mirando al piso.
Encuentro un billete de 10 pesos, lo levanto y observo que tiene atado un piolín que corre hacia un costado.
Miro hacia adonde va éste y veo que llega hasta la mano de un niño que en el umbral, se quedó dormido.

miércoles, 6 de octubre de 2010

Las cartas del dolor

Las cartas del dolor

Carta Nº3
Hola Rubén:
¿Te acordás cuando nos reuníamos en la esquina con la barra y hablábamos
de las cosas que íbamos a hacer cuando fuéramos grandes? ¿Cuándo contábamos
historias haciendo mímica? En las trincheras hacíamos lo mismo. A pesar de los
momentos críticos, tratábamos de hablar de otras cosas y bromeábamos para levantar el
ánimo. Sólo unos pocos tenían una actitud derrotista o maldecían verticalismos
estúpidos que empeoraban la situación. Se quejaban de que nadie se preocupara
realmente por nosotros. Los demás estábamos resignados, aceptábamos la historia, el
destino que nos tocó vivir. Hacíamos catarsis, con la risa inyectábamos optimismo a la
ilusión de volver a nuestros hogares. Hablábamos de los proyectos a realizar cuando
regresáramos, de qué estarían haciendo cada uno de la familia, las novias, los amigos,
los compañeros de trabajo.
También compartíamos tareas, ayudábamos a escribir cartas a quienes no tenían buena
redacción o no sabían cómo hacerlo; cosíamos la ropa de los que no sabían hacerlo o
encendíamos puñados de turba para calentar las manos.
Aprendí historias de barrio y costumbres de otras provincias en las charlas desveladas
de esas noches fantasmales. Viajé por el mundo con la imaginación.
Había un tema recurrente, el hambre. Pretendíamos mitigarlo montando escenas
teatrales haciendo uso de la mímica en parrillas virtuales con asados, pollos, embutidos,
achuras; cocinas funcionando a pleno con milanesas, churrascos, papas fritas, siempre
todo acompañado de los mejores vinos y cervezas. Lo que más se sentía era la falta de
cigarrillos; en la desesperación, los hacía con cualquier papel y musgo pero su sabor era
tan horrible que les daba sólo algunas pitadas. Cuando tenía cigarrillos de verdad, los
cuidaba como a un tesoro.
En el pueblo había de todo, pero estaba lejos y teníamos prohibido ir. Esto me rebelaba
porque las raciones no llegaban a las trincheras y era el único lugar en donde podíamos
comprar alimentos. Debido a los horribles cigarrillos armados con turba ya no fumo.
Les tomé asco y al final fue algo bueno para mí.
Un abrazo.

lunes, 13 de septiembre de 2010

POESIA- 2º Premio



Biombo azul

Maquillada de tizne
duermevela la niña
hueco de espuma aplastada
toses y goteras.

Tiene sueños que no vive
se cobija en retazos,
abriga con perro
que tatúa lunares.

Detrás del humo
biombo azul de hornallas
vislumbra aprendizajes
amor salvaje y borracho.

No sabrá que amar
es toreo de sol y luna
uno con el otro
obsequiarse.

LAS CARTAS DEL DOLOR


Carta Nº 2

Estimado amigo:
a vos que estás en la comodidad y la tranquilidad de tu hogar rodeado de afectos, te deseo de corazón que nunca pierdas ese tesoro o tengas que estar en un lugar como en el que estuve.
Cuando se está en el frente de batalla, la mente trabaja a pleno todo el tiempo; relajarse, puede significar una distracción fatal. Pensaba sobre todo en sobrevivir, en mejorar mi situación en el sitio donde estaba. Procuraba estar lo mejor posible física y psíquicamente con cosas básicas: tener algo para comer puesto que las raciones no llegaban, mantener la ropa seca, acondicionar la trinchera para que no entrara el agua cuando llovía. Aunque logré esto último, no pude quitarme los borceguíes durante todo el conflicto y esa humedad en los pies, hicieron que las medias se me pegaran a la piel provocándome serias heridas cuando las quise sacar. No podía descalzarme porque se me congelaban los pies y en la isla no había leña como para hacer un fuego y calentarlos. Sólo contábamos con la turba que hacía brasa pero no había que encenderla porque el humo delataba nuestra posición. Pensaba en mis amigos y compañeros de la unidad que estaban en otras trincheras y me las ingeniaba para escaparme a visitarlos. La necesidad de afecto era muy grande, el reencuentro me levantaba la moral y la esperanza de que aún se podía continuar con vida.
También mi familia, mi novia, los amigos de la barra, desfilaban permanentemente por mi mente, produciéndome una gran tristeza. A todos nos pasaba lo mismo, lo sabíamos con solo mirarnos y nos refugiábamos en el abrazo del otro. Afloraban llantos de ausencias, de abandonos. Hubo cartas malditas que terminaban de leer los compañeros, porque sumaban el desamparo a la situación. Eran de amores que no esperarían, que cortaban el amarre de esperanza para el regreso.
Yo tuve la suerte de contar con tus cartas y las de mi familia. Te agradeceré siempre ese gesto.